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En los dos últimos años han menudeado las diatribas contra los
movimientos decididos a plantar cara a la globalización neoliberal.
Por lo que parece, son mayoría los líderes de opinión enfrentados a
unas redes que, a sus ojos, no exhibirían otra cosa que infantil
simpleza, ignorancia y violentas inclinaciones. Pocos son, en
cambio, los que barruntan lo que algunos entendemos sobre esos
movimientos: una conciencia incipiente de que el planeta se mueve
por uno de los peores caminos imaginables, en el que se dan cita la
pobreza de muchas gentes -en su mayoría mujeres-, la ignominia de un
sinfín de guerras cuidadosamente programadas, la prepotencia de los
poderosos y una prolongada apuesta por el deterioro del medio
ambiente llamada a recortar los derechos de las generaciones
venideras.
Por mencionar otra de las argumentaciones al uso, a menudo se ha
aducido que los movimientos de resistencia global se nutren de
jóvenes bien alimentados que en modo alguno han pasado por las
horcas caudinas que padecerían las gentes con quienes dicen
solidarizarse. Aun aceptando que la aseveración algo tiene de
verdad, bueno sería que quienes con tanto empecinamiento la esgrimen
dedicasen un rato a preguntarse el porqué de tal conducta. Entre
nosotros se esconden realidades que hacen que el que más y el que
menos se vea obligado a ponerse en guardia.
Y es que no son pocos los que se preguntan por la miseria ingente
que rodea al trabajo precario, a la permanente marginación de
quienes llegan de fuera o a la omnipresencia mediática de la
propaganda más abyecta, de los concursos más lamentables y de la
prensa del corazón.
¿Son ésos los mimbres del país líder en el planeta que aspiran a
perfilar con arrobo tantos de nuestros dirigentes políticos?
Claro es que, si así lo queremos, el debate anterior tiene una
condición razonablemente florentina. Más duras se han puesto las
cosas los últimos días cuando, al calor de la recién estrenada
presidencia española de la Unión Europea, y de las movilizaciones
que se anuncian, se ha vuelto a hablar por doquier de la violencia.
Y lo peor no es lo que en muchos casos resulta, por lo demás,
evidente: un designio, nada pulido, de atribuir a los movimientos de
resistencia global, como un todo, una condición violenta. Más grave
es, sin duda, el dramático silencio que rodea a lo que a algunos nos
resulta incontestable: hay otra violencia que, meticulosamente
orquestada, responde a los intereses de los núcleos tradicionales de
poder. Lo ocurrido en Génova en julio de 2001 nos colocó sobre la
pista: la policía de Berlusconi no puso mayor empeño en cercenar las
posibilidades de acción del Black Block sino que, antes bien, dejó
hacer a éste en la confianza de que ello vendría a justificar
macrooperaciones represivas meticulosamente asestadas contra
manifestantes que nada tenían que ver, ni por asomo, con la
violencia.
El eco de esos comportamientos tiene que llegarnos, por fuerza,
cuando tomamos nota de lo que ha empezado a suceder entre nosotros.
Conforme a numerosas fuentes, que no han dejado de aportar
ilustrativos testimonios gráficos, la cumbre alternativa a la
frustrada reunión del Banco Mundial,, obligó a alimentar la sospecha
de que entre los manifestantes más airados no faltaban miembros de
las fuerzas de seguridad.
Ahora mismo, los teletipos lo dejan bien claro: sin que medien los
procedimientos legales correspondientes y sin que se haya verificado
denuncia alguna ante los jueces, la policía española parece
entregada a la tarea de espiar las redes de información alternativas
y de criminalizar a sus responsables, atribuyéndoles -sin aportar,
de nuevo, pruebas- eventuales actos de sabotaje, supuestas acciones
de guerrilla urbana y recalcitrantes «invitaciones a la lucha
callejera». De manera oprobiosa, muchas de las versiones oficiales
de los hechos parecen sugerir, por añadidura, que querencias como
las que acabamos de reseñar son compartidas por el grueso de los
grupos de resistencia global.
No es difícil intuir cuál es el propósito de semejantes
comportamientos policiales y mediáticos: el de conseguir que muchas
gentes normales se mantengan alejadas de unos movimientos que
parecían irremisiblemente llamados a crecer de la mano de un
recordatorio honesto de muchas de las lacras que atenazan a nuestras
sociedades. Entre tanto, y puestos a identificar violencias, lo
mejor es que no olvidemos las que en tantos lugares del planeta se
ejercen, cotidianamente, en provecho de la explotación más
descarnada. |
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