Morir en Guinea

 
A ese país llamado Guinea Ecuatorial en verdad no lo conoce ni la madre que lo parió. Pese a vivir en un pozo inagotable de petróleo que reporta pingües beneficios a las arcas personales de Obiang y su gente, el pueblo guineano, más animista que nunca, pasa hambre y también sed de justicia, la justicia de los hombres que no alcanza a perdonar desde el poder. Morir en Guinea es fácil. Te mueres de hambre, te mueres de asco o te mueres en Black Beach, las mazmorras del régimen, donde se pudren todos cuantos no son y no piensan como Teodoro Obiang.
La actual Guinea Ecuatorial no tiene nada que ver con aquella provincia española que se declaró independiente el 12 de Octubre de 1968. Un país próspero, un país libre, un país plural en etnias bien avenidas, donde todos cabían, negros y blancos, los autóctonos, los oriundos por nacimiento y los foráneos, o sea, los españoles que realizaron una magnífica labor en aquellos años que llegaron más allá de aquel histórico año en el que, por mandato de la Onu, Guinea alcanzó su independencia.
Fernando Poo y Bata, pero sobre todo la isla y su capital, Santa Isabel, forman parte de la historia de mi vida, forman parte de mi infancia y también de los mejores años de mi mocedad. Lamentablemente tengo que hablar en pasado, no quisiera ver, en presente, en qué han convertido primero y Obiang después aquel pedazo de continente africano y sobre todo aquella isla que tengo permanentemente en mi pensamiento y a la que todos los días de mi vida, en familia, se le dedica un recuerdo por pequeño que sea.
Guinea Ecuatorial no es un chollo, Guinea Ecuatorial no es una bicoca para nadie, fundamentalmente para los cooperantes, ese oficio de nuevo cuño que te lleva a dar todo por nada, en misiones «seglares» de carácter auténticamente humanitario.
Se ha demostrado con la muerte de una joven de tan sólo 22 años, Ana Isabel Sánchez Torralba, natural de Ocaña, a la que una bala asesina ha privado del más precioso de los dones: el de la vida. No se ha tratado de un accidente, señora ministra de Exteriores, no ha sido algo fortuito. Las balas matan y la que disparó el asesino de turno llevaba grabado el nombre de Ana Isabel. Lo que no puedo entender es que la joven no llevara protección. Lo que no puedo entender es que se dejara sola a una chica tan joven como ella, en un país cuyo régimen es hostil.
El pueblo, no. El pueblo nos recuerda y nos quiere, pero el régimen nos odia a muerte.
Obiang se ha entregado al mejor postor. Rusos, franceses, americanos e ingleses, cuando ha convenido a una y otra parte, se han repartido el cotarro petrolífero o el otro maderero de tan excelente calidad.
La mejor parte de la tajada para Obiang, el resto para los explotadores, la mano de obra no tiene la mayor importancia en una país que no pone coto a la tasa de natalidad. Ir a Guinea no es hacer turismo en un paraíso tropical, que lo fue en otro tiempo.
Ir a Guinea es conocer la más devastadora de las realidades que se viven en un país imposible donde la democracia no germinará mientras, desde el exterior, se alimente la megalomanía del dictador.
Morir en Guinea es fácil, es cosa de todos los días. Lo que ocurre es que, esta vez, nos ha tocado muy de cerca. El Gobierno no puede ni debe pasar por alto lo ocurrido. Las excusas presidenciales no me valen, señora ministra.

Carmen Ferreras

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