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Hace unos años se estrenó una película que, para romper la
costumbre, estaba mejor titulada en español que en la versión
original en inglés. Del inexpresivo ‘Moon over Parador’ se pasó a
‘Presidente por accidente’. De eso se trata, de un individuo al que
la casualidad eleva a la más alta magistratura de un país
sudamericano. Él no quiere, simplemente está de paso, pero las
circunstancias lo empujan a vestir la banda presidencial.
El protagonista del film es Richard Dreyfuss y no Mariano Rajoy,
pero las palabras que pronunció el otro día el vicepresidente
podrían haber sido puestas por el guionista en boca de su mandatario
de ficción. «Cuando uno juega a todo, lo que le puede pasar es que
se quede sin nada, y cuando uno no juega a nada, lo que le puede
pasar es que tenga lo que quiera».
Allá por el 64 antes de Cristo, Quinto le da un consejo parecido a
su célebre hermano Cicerón en las «Commentariolum Petitionis».
Cicerón aspiraba al consulado de Roma, y Quinto se convirtió en el
estratega de su campaña, logrando finalmente que su fraternal
protegido lograra el cargo. La diferencia estriba en que Cicerón no
ocultaba lo que quería, y el gallego lo disimula.
¿Es una buena táctica? Depende del momento. Hasta ahora, sí. Rajoy
es un político posicional que está en el lugar oportuno, en el
momento justo. No da codazos como hacen otros, ni manifiesta
ambición alguna. Vagabundea por ministerios y responsabilidades con
modestia, como dejándose llevar por una corriente invisible. Hay
mucha accidentalidad en su carrera, o él logra que lo parezca. Un
mérito en cualquier caso.
Sin embargo esa virtud puede llegar a ser defecto. Un par de ideas
empiezan a extenderse por Galicia según todos los medios de
comunicación. La primera es que Mariano sería un excelente candidato
del PP y (urnas mediante) un buen presidente. Aunque parezca
paradójico, el Prestige no hace encallar su singladura galaica, sino
todo lo contrario; es como una selectividad aprobada.
Pero junto a esa impresión de que Rajoy es el único heredero capaz
de mitigar el sentimiento de orfandad post fraguista, aparece una
segunda idea, en este caso perniciosa: iría allí más por obligación
que por devoción. Sería un candidato por accidente, volviendo al
guión de la película. La falta de otros líderes fiables en la
derecha galaica, o los designios de José María Aznar, pesarían más
que una vocación genuina de retornar a los territorios autonómicos.
No sería bueno para el vicepresidente que esta idea cundiera. Su
caso es distinto a los de Piqué o Matas, que también dan el salto de
Madrid a la periferia. El catalán va a su tierra a hacer un difícil
apostolado, y el balear simplemente abrió un paréntesis ministerial.
Ninguno de los dos necesita mostrar esa vocación para aterrizar sin
problemas.
Mariano, sí. Tan mala es la ambición desmedida, como mantener sine
die que no se juega a nada, o que se está en manos del destino.
Mejor dicho, eso es bueno siempre y cuando no se quiera dar el paso
que separa el territorio ministerial por donde circula con pericia
Rajoy, de una Presidencia.
Hay una figura, también galaica, muy parecida. Pío Cabanillas fue un
político que paseó por cargos y ministerios su maestría, practicando
esa levedad propia de Rajoy. Pero no dio un paso más allá porque
sabía que al otro lado se precisan dotes suplementarias. La
fundamental es la decisión, decir en el momento oportuno «sí
quiero».
Así la sociedad sabrá que no va a tener un presidente por accidente,
o un candidato que salió a empujones al escenario. Querer ser o no
querer ser: he ahí el dilema. |
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