Una historia en Sait
 

Desde la magnífica atalaya que formaba el torreón de levante, Sexto Valerio contemplaba con tristeza, pero a la vez con curiosidad la columna de jinetes de la caballería edetana, que se acercaba por la Via Hercúlea.
Eran parte de la cohorte de caballería que, integrada por ciudadanos de Sait, habían acudido a la llamada de Sertorio para detener el avance de las legiones de Pompeyo, a lo largo del rio Turis.
Sait, la espléndida ciudad íbera, asentada sobre un cerro, era una joya lista para pulir, para las prácticas mentalidades romanas, que ya se habían asentado hace décadas, en el barrio de los mercaderes. El comercio del lino, atraía a gentes de Italia y Massilia, también el aceite y el esparto eran mercancías codiciadas por muchos.
Aserbal, el Viejo, estaba seguro que el resultado de este enfrentamiento a los pies del Sucre, decidiría el destino de Sait y de sus habitantes, el pacto con los romanos, sería desde ese momento una imposición, bajota estrecha vigilancia del gobernador de la Provincia, en Tarraco.
La población, que ya volvía de sus labores diarias en el campo, empezaba a arremolinarse en los aledaños de la Puerta Norte, ávidos de curiosidad, intentando con afanosa preocupación, averiguar la identidad de los que se acercaban a caballo, otros en carros, ayudados por compañeros, con el cuerpo cubierto de heridas y vendajes.
Eran los restos de la batalla……….
A los pocos instantes una comitiva, integrada por el Senado de la ciudad, encabezado por Aserbal, bajaba despacio, por la calle principal de Sait, hacia la Puerta, donde les esperaban la Guardia de la ciudad, con los petos relucientes al sol, y las lanzas cruzadas sobre el pecho, en señal de respeto.
Los jinetes, iban cruzando con entera serenidad el arco de la Puerta, y descabalgaban para dejarse llevar por curiosos y parientes que se interesaban por el resultado final de la batalla.
Aserbal, alcanzó la pequeña plaza, que se asentaba junto a la Puerta, una vez atravesado el arco principal del cuerpo de guardia y buscó con sus ojos el caballo de Prisco, ávido por cerciorarse de que su primogénito había sobrevivido al colosal enfrentamiento que se había producido hace tan sólo unas horas antes, a orillas del Sucre.
El rostro de Prisco se rompía en pedazos al ver a su padre, que encabezando la comitiva, se le acercaba con los brazos abiertos, con la emoción del deber cumplido, habiendo llevado el honor de su clan y de su ciudad, a donde sólo la Historia de un pueblo conoce, y a la que se agarra con todas sus fuerzas para mantenerse unido.
Sexto contemplaba esto y mucho más desde lo alto de la muralla de levante, y respetaba y envidiaba el coraje de este pueblo, que asentado en lo alto de este cerro, dominaba todo el valle y la comarca y sabía recibir a sus hijos con el amor y orgullo del soldado ejemplar. El, como romano sabía apreciar en lo más alto estas virtudes, y estaba seguro que Roma y Sait llegarían a formar una comunidad de culturas que perduraría por muchos años.
Ahora cuando paseo por los viejos restos de la muralla romana, cerca del Bellveret me vienen a la memoria esos vagos recuerdos de la que llegó a ser una de las más florecientes ciudades hispano-romanas del Levante.
Rememoro las escenas cotidianas de las gentes paseando por las calles, los artesanos en sus talleres, los soldados cruzándose conmigo en lo alto del adarve de la muralla y el viento que más que bajar de la ladera del Castillo y del Mons Vernisa, se pasea por Saitabis, para darle la vida a sus habitantes. Un aire que huele a almendro y a pino y que me dice en cada instante ue pasa, que Xátiva es Saitabis y Saitabis es la llave del mundo...

Enrique de Juan Peiró

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