Un cuento de hadas
 

El Príncipe y la periodista. Casi un cuento de hadas, que, lógicamente, encanta a la opinión pública, ávida de historias de amor. Un cuento de hadas que ratifica un nuevo hito para la por muchos conceptos y razones afortunada Monarquía española y que sirve para reforzar la Corona, que algunos veían en cierto riesgo ante la contumacia de Don Felipe por mantener la soltería.
No ha tenido prisa el heredero, desde luego, en casarse; decidió vivir su vida, formarse y acumular experiencias en todos los sentidos, también, claro, en lo que se refiere a su conocimiento de la vida y las mujeres. No podría, en este mundo que se asoma constantemente al vértigo de la aceleración del futuro y que ha decidido desdeñar prejuicios, tópicos y oropeles rancios, exigirse otra cosa tampoco a la futura reina de España.
En ese sentido, hay que felicitarse del camino recorrido por la sociedad española en apenas unos pocos años: del rechazo a una joven, también española, como posible esposa de quien será Felipe VI, porque sus padres estaban divorciados, hemos pasado a la divorciada Letizia. Y tengo para mí que a nadie le importa un comino este extremo, ni que los padres de la popular presentadora de televisión también se hayan separado, ni que su abuela sea periodista -también lo era, y no mucho más conocido aunque sí más condecorado, el abuelo del presidente del Gobierno-.
Son los Ortiz, en resumen, una familia normal, honorable -el padre de Letizia es bien conocido en los ambientes periodísticos, especialmente asturianos-, de esa enorme clase media que ha hecho el progreso de España, que a costa de su sufrimiento, en Moratalaz o en cualquier otro barrio populoso, ha conseguido que sus hijos se hayan convertido, con el propio Felipe de Borbón y Grecia a la cabeza, en la generación mejor preparada de la historia de nuestro país.
Don Felipe y Leticia son dos personas normales, de trato afable. Al Príncipe le separan del resto del mundo sus dos metros de estatura y un concepto algo ajado de lo que debe de ser una figura de casa real. Un concepto que Don Felipe ha hecho saltar por los aires anunciando su compromiso con una chica, guapa y famosa, pero de Moratalaz.
A ver quién dice ahora aquello de que el futuro Rey se rodea de la clase pija, -de jóvenes parvenus-, aspirantes a falsos aristócratas. Como hizo su padre, y antes su abuelo, con la Corte tradicional chismosa, prepotente, desdeñosa y clasista, Don Felipe acaba de dar una patada en la espinilla de todo-eso-que-ha-de-ser-inamovible: ¿es que la futura reina de España no puede ser una chica divorciada, profesional del periodismo, que ha vivido libre su vida antes de encontrar su destino definitivo? ¿O lo que molesta es lo de Moratalaz?
No. No creo que realmente moleste demasiado ninguna de esas cosas, porque España hace mucho tiempo que ingresó en la comunidad de naciones y de pueblos de espíritu abierto y tolerante, moderno y liberal en el buen sentido de la palabra liberal.
No creo que España sea un país de talante monárquico -tampoco republicano, desde luego-, pero la Corona dio ese sábado, con el anuncio del compromiso de Su Alteza Real el Príncipe Felipe de Borbón con doña Letizia Ortiz Rocasolano, un enorme paso adelante.
Y tengo la sensación de que todos los españoles, pero todos, esos españoles que se enfrentan a unas semana en la que no pararán los chismes, los dimes y diretes, la ceremonia de la petición de mano, todos los españoles, decía, lanzaron ese sábado, a las siete treinta de la tarde, un enorme suspiro de alivio.
Ya hemos dado otro paso, naturalmente hacia adelante.

Fernando J.

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