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Llamábamos “reaccionario” a aquel pensamiento
según el cual habría unas leyes naturales –físicas,
biológicas, teológicas, etcétera– que de algún
modo limitan la capacidad humana de transformar el mundo. Frente a
este pensamiento reaccionario –decíamos– había que afirmar
ahora el verdadero destino del hombre: el de humanizar el mundo hasta
conformarlo a su imagen.
Pero resulta que “reaccionario” es hoy casi exactamente lo contrario:
ahora consiste en creer que nuestra acción puede poner el mundo
en solfa sin atender a sus propios ritmos y palpitaciones; en pensar
que se puede hacer corte y confección con los ríos o
las especies, con los pueblos o las fronteras; en no reconocer que
todos ellos tienen unas geodésicas y una “lógica” –eco-lógica–
que impone límites a la “norma” –eco-nómica– con la
que a menudo pretendemos diseñarlos.
El inmenso contraste en la distribución de la riqueza, el bienestar
o las expectativas de vida es un ejemplo de esta mezcla de miopía
y de prepotencia que caracteriza el nuevo pensamiento reaccionario.
El que el 20% del mundo acumule el 80% de la riqueza, el que unos
mueran de hambre y otros de colesterol, no son sólo escándalos
morales; son desequilibrios ecológicos absolutamente insostenibles
que cuestionan la viabilidad del mundo y de nuestra propia especie.
A partir de aquí, lo que empezamos a presenciar no tiene nombre
ni perdón de Dios. No tienen nombre los argumentos con los
que se explica la necesidad estratégica de causar miles de
muertos civiles en países donde la mitad de la población
no ha cumplido quince años; no tiene nombre el uso de poblaciones
para favorecer subguerras instrumentales o “guerras dentro de guerras”.
(Iraq contra Irán, ibos contra tutsis, kurdos contra turcos,
etcétera.) O más bien, sí tiene nombre: el de
una estrategia formulada por Lawrence de Arabia y cuya inspiración,
según Norman Mailer, hay que encontrarla ya “en la vieja norma
de muchos manicomios victorianos: deja que los enfermos se peleen
y luego reduce a los dos o tres que queden”.
Pero más allá de ser un pecado, la reciente estrategia
del imperio parece algo peor: parece un error, una ceguera provocada
por la necesidad tanto de encontrar una cabeza de turco que sustituyera
a Bin Laden, como la de asegurarse el suministro de petróleo,
el control del área y la “solución final” del problema
palestino.
Y es un error grave porque no puede sino estimular todo aquello que
pretende o presume neutralizar. Luego de la lección de Iraq,
en efecto, cualquier árabe con conciencia y dignidad puede
verse impelido a defenderse y responder a la desesperada. Las bombas
y masacres de Iraq han de haber borrado toda la contención
o la mala conciencia que el 11-S pudiera haberle suscitado. Y puesto
que no tiene modo de disponer a corto plazo de las “armas de destrucción
masiva” requeridas al efecto, no les queda sino una estrategia individual
y una estrategia colectiva posibles.
1. La estrategia individual es la del kamikaze, que se constituye
en bomba personal al precio de la propia vida. Es la que anunciaba
Kasem Xamar luego del asesinato de seis niños y siete adultos
el pasado 29 de abril en las calles de Bagdad: “Nuestros jóvenes
están preparados para acciones de martirio contra las ocupantes:
los norteamericanos han abierto las puertas del infierno”.
2. La segunda estrategia, la colectiva, no es otra que esmerarse en
la construcción de una bomba nuclear: la única que de
momento, y como se va comprobando en Corea del Norte, protege a un
pueblo de ser machacado con una “guerra preventiva”.
La sentencia clásica hacía la guerra en función
de la paz. Si vis pace...: “si quieres la paz prepara la guerra”.
¿Pero quién nos protegerá, Dios mío, de
esos mismos que han hecho de la protección una mafia o cartel
internacional y que premian con contratos de reconstrucción
a los “países amigos” como España? Imitando lo peor
de los progresistas de antaño, los nuevos reaccionarios creen
que el mundo es un objeto de diseño que la historia ha puesto
en sus manos y con el que juegan como un niño con una granada
perdida.
Así es como ven ellos el mundo: como una granada sin estallar
con la que pueden jugar a fútbol y ganar por goleada. Y así
es como la pretensión de montar a porrazos un mundo más
seguro nos abre al más inseguro y azaroso periodo de nuestra
reciente historia. |
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