| En Ferraz han caído en la cuenta de que
Zapatero ha hecho demasiadas apuestas sin marcha atrás. Como
Ulises cuando se ató al palo mayor para reprimir la tentación
que habitaba en el canto de las sirenas. Claro que la del Señor
de Ítaca fue una decisión racional para evitar una
reacción instintiva y el secretario general del PSOE va,
sin rumbo alguno, quemando naves. En Cataluña, acuerdo con
los independentistas de Esquerra, dispuestos a llevarse por delante
lo que costó quinientos años conseguir y un cuarto
de siglo democratizar y consolidar. En el País Vasco, don
José Luis acude a la manifestación de Basta Ya, pero
marca distancias con Rajoy, mientras que Elorza –oxígeno
socialista al PNV– critica la marcha. Y como colofones, lleva ante
el Constitucional un recurso contra la reforma del Código
Penal y juega a la deslealtad al arremeter contra el Gobierno en
la lucha por conservar el peso de España en Bruselas.
Y hay otros numerosos ejemplos con los que podría ilustrarse
el desolador panorama de la familia socialista a escasos dos meses
de unas elecciones generales: Lejos del PP, cerca de secesionistas
y comunistas. Titubeante posición hacia donde está
la Constitución, pero viraje condescendiente hacia donde
están quienes aspiran a enterrarla. Y aún está
por llegar un volantazo pensado para reforzar el Partido Socialista
de Euskadi, aunque puede cargarse al PSOE del resto de España.
Detallitos, en fin, que permiten afirmar que esto puede terminar
en una casposa película de Pajares y Esteso. Desde luego,
el cuadro escénico es para echarse a temblar ante el nivel
Maribel de las hazañas de Zapatero and Company.
Porque la gente no es tonta, y al final tiene la rara manía
de pensar por sí misma, y cuando alguien piensa por sí
mismo llega pronto a la pregunta de quién estará siendo
el guionista de semejante desaguisado interno.
Con todo, Zapatero tiene entre sus manos otro innegable engorro
con nombre y apellidos: Javier Solana. Quien fuera ministro en cada
gobierno de Felipe González, secretario general de la OTAN
y actual representante de la Política Exterior de la Unión
Europea, cuya inteligencia y tacto profesional son para echar a
comer aparte, añora volver a Madrid. El polivalente y polifacético
político, que en otro lugar, hilando fino, se le llamaría
superviviente, quiere reciclarse en la política nacional
y el líder socialista no puede escurrir el bulto. Al contrario,
debe poner una alfombra roja a su paso.
Únicamente en un absceso de insensatez, podría impedir
su aterrizaje. Mi primo –tan dado a cobijarse bajo el ala protectora
de sus inefables plurales de «Nosotros hemos, nosotros vamos»–
es una de las referencias externas de peso del socialismo y conserva
intacta su influencia dentro de la FSM. En otras palabras, Solana
es una amenaza para Zapatero. De hecho, el actual secretario general
del PSOE preferiría verlo en las candidaturas europeas para
tener lejos, muy lejos, el incómodo aroma a ansia de poder
que desprende su proximidad.
Pero la realidad es que en enero puede tenerlo en Madrid haciéndole
sombra, desempeñando un «relevante» papel en
la cúpula socialista, colocado muy cerca en su lista al Congreso,
e incluido en el embrión de un eventual gobierno socialista.
Y, claro está, si el batacazo electoral en marzo es de los
de «agárrate y no te menees», Solana estaría
dispuesto al sacrificio y a sentar sus experimentadas posaderas
en la secretaría general. Sería una «opa hostil»
en toda regla del calificado por Jesús Caldera como mero
«funcionario internacional». Cierto es que una parte
del PSOE ve el futuro a través de la mirada de José
Bono. Pero otros lo hacen a través del hasta hace cuatro
días ninguneado de manera infantil. «Con Javier, volveríamos
a tener esperanza». Es una buena síntesis oída
en conversación informal en los pasillos de la sede central
del partido.
|