| El peor irresponsable en asuntos públicos
es el que presenta su falta de prudencia y de mesura como ejemplo
de sensatez y de ponderación. En ese caso sólo caben
dos hipótesis, a cual más temible: es un hipócrita
que se cree su propia impostura o un mentecato satisfecho de su
propia carencia de luces. Si a ello añade, como definitivo
factor de riesgo social, la arrogante certidumbre de que la suya
es la única actitud correcta y, por ende, considera cualquier
forma de discrepancia como manifestación de vileza o de traición,
podemos afirmar que nos hallamos ante una grave patología
política.
Para desdicha de la democracia española, el presidente Aznar
presenta todos los síntomas de este síndrome, en fase
aguda, desde que alcanzó la mayoría absoluta parlamentaria.
El problema es que, cuando se está en la cima del poder político
de la sociedad, una patología como la descrita deja de ser
asunto privado del gobernante para convertirse en contagiosa enfermedad
social. La ley que el Gobierno acaba de sacar adelante en el Parlamento,
que castiga con pena de cárcel a quienes convoquen ilegalmente
un referendo, es la prueba alarmante de que el síndrome de
Aznar amenaza con llevarse a la tumba a la democracia española.
Y, lo más triste, habituados a que el político de
turno acuse a sus adversarios de antidemocráticos ante cualquier
discrepancia, corremos el riesgo de que nadie se dé por enterado
ahora que el lobo antidemocrático ha llegado de verdad.
A los 25 de años de la aprobación de la Constitución
española, nuestro sistema político está en
crisis. Como una pandemia propagada desde la presidencia de Estados
Unidos, va extendiéndose un nuevo modelo político
mundial que vacía de contenido al sistema democrático
a la vez que se emborracha con la palabra libertad, devolviéndole
una penosa actualidad a la célebre frase que madame Roland:
«Libertad, cuántos crímenes se cometen en tu
nombre». A ese nuevo modelo se ha apuntado Aznar, tanto en
el plano internacional como en el de la política española.
Y lo ha hecho en ambos casos con auténtico fanatismo.
Internacionalmente, el Gobierno de España viene mostrando
unas ínfulas imperiales que, en la jerigonza al uso, se denominan
«búsqueda de un lugar para España en el concierto
de las naciones». En la práctica, esa búsqueda
no ha sido otra cosa que la adopción de una actitud de servilismo
ante la empresa guerrera de Bush. Los intereses de España
se han sacrificado (deteriorando las buenas relaciones con el mundo
árabe, convirtiendo a España en objetivo de otro terrorismo,
el islámico, como si no bastara con el de ETA, enfrentándose
a Francia y Alemania, marginando a la ONU, etcétera) en aras
del protagonismo de Aznar en el nuevo orden imperial.
La política nacional del presidente no presenta mejores síntomas.
De igual manera que al cobarde el miedo puede hacerle temerario
(que es bien diferente de valiente), al político puede subírsele
la mediocridad a la cabeza hasta hacerle creerse un salvador de
la patria.
Evidentemente, hay peligros más que reales que amenazan a
nuestras sociedades y el terrorismo es uno de los principales. Pero
ni siquiera en la defensa de la democracia cabe una actitud fanática,
porque el fanatismo termina destruyendo los ideales que dice defender.
La democracia emanada de la Constitución de 1978 no puede
defenderse a costa de vaciarla de contenido hasta convertirla en
un mero cascarón retórico.
El estado de derecho se fundamenta en el sometimiento a la ley,
pero exige como condición previa la existencia de leyes justas
promulgadas a partir de un mínimo consenso social. Sin ese
equilibrio, la ley pasa a convertirse en factor de dominación,
no de concordia. Y sacar adelante una ley, con la oposición
de toda la oposición, que permite encarcelar a presidentes
autonómicos por sacar adelante iniciativas políticas,
como es un referendo, introduce de hecho una lógica de represión
en la controversia política, incompatible con un sistema
democrático.
Porque un sistema tan acorazado jurídicamente que llegue
a desdeñar la integración de la disidencia e incluso
la asunción de la posibilidad de momentos de inestabilidad,
acaba negándose a sí mismo.
Pero lo que quizá aclare mejor la verdadera índole
del síndrome de Aznar es recordar que se trata del mismo
hombre que no tuvo inconveniente en violar la Constitución,
que tanto dice defender, al declarar ilegalmente la guerra a Irak
en la célebre reunión de las Azores. Si nuestras leyes
siguen sometidas al caprichoso arbitrio del poder de turno, la democracia
española va a convertirse en un muerto viviente al que ni
siquiera va a caber entonarle un réquiem.
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