| No hay placer mayor que, una mañana de entre
semana sin nada que hacer, cuando todos se afanan en su trabajo,
recorrer lentamente las calles de la ciudad que se despereza, dormida
aún en su sueño de siglos y de mármol, y luego,
los pies cansados tras el paseo, tomarse un café largo en
algún lugar del centro, vacío a ser posible, con música
de jazz como fondo y la mejor compañía al lado en
forma de rostro dulce y ojos rasgados, inteligentes, muy, muy teatreros.Tú
lees al otro extremo de la mesa y yo me pierdo en las frases bellísimas,
ácidas e intensas de Virginia Woolf. Estos días estoy
a vueltas con «Una habitación propia», ensayo
publicado en 1929 cuya génesis fueron dos conferencias que
la autora impartiera un año antes sobre el tema de la mujer
y la novela.
Se ha escrito mucho al respecto, bueno, malo y regular. A mí,
personalmente, me parece una falacia esto de la literatura femenina.
Y si no una falacia, cuando menos una maniobra de distracción
ante lo fundamental de toda literatura ( y lo único realmente
importante a la hora de enfrentarse con un texto escrito). Uno escribe
bonito o feo, con o sin mensaje. Lo demás –antecedentes,
influencias, segundas y terceras intenciones, el estado anímico
mientras se hacían esas páginas– es labor de los críticos
que, a veces, confunden el culo con las témporas y lo tergiversan
todo. La literatura es o no es, independientemente de que sea obra
de un hombre o de una mujer.
A lo que vamos. Esta mañana de junio de 2004, después
de un sueño agitado a causa de la fiebre ajena, tengo la
impresión de que, inmerso en las páginas de «Una
habitación propia», se desdibujan las paredes forradas
con espejos del local que nos acoge, se borran las callejuelas que
atisbamos a través de los inmensos ventanales, la música
romántica y jazzística (Unforgetable, de Nat King
Cole) se vuelve susurro apenas audible, tu sonrisa surca los lagos
del pensamiento y se me escurre entre los dedos. Estoy en el primer
tercio del siglo XX y una dama inglesa, larguirucha y de mirada
tristísima, me cuenta al oído cómo ve ella
la realidad social de las mujeres de su tiempo. Aparentemente, me
diréis, las cosas han cambiado mucho. Pero es eso, mera apariencia,
artificio y nada más. Todavía hoy, como entonces,
hay intentos continuos por cosificar a la mujer, envolverla en el
celofán traicionero de las definiciones elevadas, abstractarla
en lo poético y construir para ella la jaula dorada que condena
al ostracismo. Como un pájaro de plumaje encendido que canta
y nos solaza la vista pero sólo en los momentos de relajo,
de descanso, del guerrero urbano que es el hombre. Todavía
hoy, lo mismo que ayer, señora Woolf, cuando una mujer muestra
su inteligencia, el varón se remueve inquieto en la silla
de prepotencia y poder absoluto sobre la que se sienta, trata de
minimizar lo dicho y se inventa (para anular sus consecuencias)
conceptos como literatura femenina, sentimientos femeninos, carácter
femenino.
Huelga decir que no todos los hombres actúan de esta manera,
claro, pero sí es cierto que muchos se esconden en determinados
eufemismos para seguir ninguneando a la mujer como ser con entidad
propia. El camino recorrido desde los años de entreguerras
que vivió Virginia hasta hoy mismo –en plena era de Internet,
cuando la globalización parece la única vía
hacia la que dirigir nuestros pasos– ha sido largo y cruento. Pero
aún queda tanto. La libertad (sexual, económica, moral)
está lejos de ser cierta. El día en que una ministra,
una empresaria o una neurobióloga no tengan que justificar
su éxito mostrando que, además de todos sus logros
profesionales, son buenas madres y mejores esposas, ese día
sí, Virginia Woolf y todas las Virginias del mundo podrán
descansar tranquilas.
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