| Las crisis del abastecimiento eléctrico
se suelen producir en España, desde hace algunos años,
con ocasión de la llegada de los calores veraniegos. Son
crisis con alta incidencia social, ya que se traducen en apagones
que afectan a servicios de importancia vital para los ciudadanos,
como los hospitales, centros de control diversos en el sistema de
transportes o en la seguridad y, por supuesto, en la cada vez más
dilatada red doméstica de acondicionadores de aire, especialmente
densa en las zonas más saturadas por la presencia turística.
Se produce una situación de tensión entre la oferta
y la demanda que hace crisis por el lado de la primera.
Pero sería posiblemente un error tratar de atribuir el problema
de las interrupciones en el suministro eléctrico a un problema
estricto de insuficiente capacidad del sistema para proveer de la
electricidad necesaria. En estas ocasiones no es tanto el modelo
de producción de electricidad lo que se pone en evidencia
sino la adecuada distribución de las inversiones de las compañías
eléctricas. Los niveles de demanda eléctrica de estos
días, que han alcanzado récords históricos,
son perfectamente asumibles por la capacidad de generación
del sistema eléctrico español, incluso teniendo en
cuenta que en los últimos días se han producido algunas
perturbaciones derivadas de la huelga eléctrica en Francia,
de donde procede una parte de la electricidad que consumimos pero
que viene a compensar la que exportamos a otros países, como
Marruecos o incluso Portugal.
España tiene capacidad productora suficiente para atender
la demanda más alta que se ha alcanzado en estos últimos
días y la tiene con cierta holgura, entre u 15% y un 20%
sobre la demanda máxima, contando además con un sistema
único de gestión, en manos de Red Eléctrica,
que ordena los flujos de la electricidad entre las diversas empresas,
zonas geográficas y fuentes de energía.
Hay que reconocer que con tirones de la demanda de estas características,
la previsión de demanda eléctrica se vuelve asunto
altamente complejo, ya que una central eléctrica tarda entre
3 y 5 años en ponerse en marcha desde el inicio de los trámites
de autorización. Las decisiones de inversión en el
sector eléctrico, debido a las elevadas inversiones que requieren
las plantas de generación, no son lo suficientemente flexibles
como para reaccionar con prontitud a incrementos no esperados y
tan fuertes de la demanda. Aún así, la potencia instalada
excede de forma notable el nivel más elevado de demanda previsible.
Conviene, por lo tanto, distinguir a la hora de enjuiciar la responsabilidad
de los apagones y la forma de evitarlos en el futuro - entre los
problemas de capacidad del sistema eléctrico y los problemas,
de carácter puntual, que ocasiona la red de distribución
de electricidad en sus diversos niveles, tanto en alta como en media
y baja tensión..
Las inversiones realizadas en España en los últimos
años por las compañías eléctricas han
hecho énfasis (dejando de lado el tema de la diversificación
empresarial, que ese es asunto de otra índole) más
en el equipamiento de nuevas centrales de generación que
en perfeccionar y actualizar las capacidades de las redes secundarias
de distribución eléctrica. Es decir, en la fase de
acercamiento de la electricidad al cliente final.
El pasado año, el consumo de electricidad aumentó
un 6,3%, la producción lo hizo en torno al 7% y la longitud
de la red de distribución creció en apenas un 1,5%,
datos que dan una idea del desfase global que puede estar agrandándose
debido a una insuficiente atención a las exigencias del suministro
final de electricidad.
En todo caso, las inversiones en materia de distribución
son responsabilidad indudablemente de las compañías
eléctricas pero no en solitario. Comunidades Autónomas
y Ayuntamientos también tienen su parte de culpa en esta
insuficiente dotación de las redes últimas con las
que la electricidad se acerca al usuario final. El sistema eléctrico
español se parece desde hace tres años a un gigante
cada vez más fuerte y capaz pero con los pies de barro. Es
decir, un sistema con una fragilidad que obligará a las empresas
a dedicar inversiones más cuantiosas a la distribución
sin que ello vaya en detrimento ni de las inversiones en generación
ni de las nuevas exigencias de inversión para adaptar las
emisiones de las centrales eléctricas a los límites
pactados tras el Protocolo de Kioto.
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