| España está viviendo una auténtica
“revolución civil” que, impulsada por el Presidente del Gobierno,
José Luis Rodríguez Zapatero, ha conseguido movilizar
a propios y extraños. Y aquí, entendamos “movilizar”
por “posicionar”. Se han puesto los derechos sociales, todos y cada
una de ellos, sobre el tapete, y la sociedad civil -todos sus sectores-
se han “posicionado” estratégicamente. En el metro, en las
cafeterías, se debate sobre si eutanasia sí o no,
sobre la ley de violencia de género, sobre matrimonios homosexuales…
Las asociaciones, las ONG, aparecen por todas partes: respaldan
o critican las reformas que propone el Gobierno. Se cuestiona el
papel sobredimensionado de la Iglesia en la vida pública,
y su vez, la Iglesia se manifiesta en contra de muchos de estos
reclamos sociales. Durante los ochos años del PP (sin entrar
aquí a valorar los aciertos o errores de la derecha) los
debates públicos estuvieron monopolizados por Gran Hermano,
OT y Carmina Ordóñez, descanse en paz, toda una free-lance
del cotilleo. Ese ágora común, tan determinante en
las democracias, que es la televisión, se convirtió
(y sigue siendo así) en una hormigonera de chabacanería
y vulgaridad a borbotones que ayudó a anestesiar a la sociedad.
Por cierto que la Iglesia, tan sensibilizada ahora en contra de
los derechos de los gays y de la ley de violencia contra las mujeres,
ha guardado silencio ante la degradación total y absoluta
del medio televisivo. Se ve que la especulación mediática
de los sentimientos no atentaba tanto contra la dignidad de las
personas como el hecho de que dos homosexuales puedan casarse o
se replantee el papel de las mujeres en la sociedad.
Volviendo al tema, cabe señalar que, asumida la inquebrantable
dinámica liberal de la economía, mucha gente se ha
preguntado: ¿cuál es el espacio político de
la izquierda? ¿en qué se diferencia la izquierda de
la derecha? Y es aquí donde Zapatero ha tirado, por convicción
y por conveniencia, por la vía de los derechos civiles. Es
cierto que estaban en su programa, pero no es menos cierto que ha
visto que la canción tiene éxito, y que este filón,
a falta de otros filones nítidos a los cuales agarrarse como
seña de identidad de la izquierda, va a ser el verdadero
protagonista de la legislatura. Sí, los derechos civiles.
“Mar adentro”, la película de Alejandro Amenábar,
ha reabierto, ficcionando la conmovedora historia del tetrapléjico
Ramón Sampedro, la cuestión de la eutanasia. Se trata
de un film novedoso dentro del panorama fílmico español.
Si una virtud tiene su director, Alejandro Amenábar, es la
de ser un hábil adaptador de formatos que en EE.UU. llevan
funcionando desde hace décadas, con un más que notable
éxito en taquilla, y que sin embargo en España no
hemos tocado, con unas consecuencias nefastas para nuestra industria
audiovisual. “Mar adentro” es un alegato ejemplar a favor de la
eutanasia. “Ejemplar”, porque se sirve de un “ejemplo”, un “mártir”
intachable y real -es decir, que existió tal cual-, para
justificar su argumento. Esto de la “ejemplaridad” es muy made in
USA. Reabren debates, sensibilizan, y hacen dinero.
Pocos habrían podido prever el impacto social que “Mar adentro”
está teniendo sobre la sociedad española, hasta el
punto de que el debate sobre la despenalización de la “eutanasia”
se ha colado en la agenda política nacional. Sin embargo,
este nuevo código para nosotros tiene un riesgo, y es el
de caer en la tentación del pensamiento “políticamente
correcto”, que sesga sentimentalmente debates conceptuales. Dicho
de otra manera: la eutanasia no es más reivindicable porque
la historia de Ramón San Pedro nos sobrecoja. Los derechos
son o no son, y están basados en la razón; en su racionalidad.
Todos tenemos derecho a la vida, al margen de cómo seamos,
y tal vez, todos tengamos también derecho a una muerte digna
y libremente elegida, al margen de películas que nos hacen
llorar. Pero tendremos que hacer un esfuerzo y considerar la cuestión
en abstracto, sin necesidad de que una historia correctísima
y “para todos los públicos” nos abra los ojos. Si por el
contrario es así, la “revolución civil” corre el peligro
de ser fácilmente manipulada, y de que productores interesados
empiecen a intoxicarla con otras películas de buena factura,
correctas y conmovedoras, pero con intereses más oscuros.
Tal es el revolucionario poder del cine.
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