| Insólito debe ser el nivel académico
de las universidades norteamericanas, el de algunas al menos, cuando
en la de Georgetown contratan como profesor conferenciante a un
caballero absolutamente ayuno de instrucción, de cultura
y de conocimientos, si bien el hecho de que el gobierno que presidió
el tal ciudadano ofreciera buenas becas a los estudiantes españoles
para estudiar (es un decir), puede arrojar un poco de luz (y su
correspondiente sombra) sobre semejante disparatamiento,
En tanto el actual presidente del gobierno español, Rodríguez
Zapatero, daba sólidas pista en la ONU sobre la clase de
políticos y de política que el mundo necesita para
ser habitable, los unos con talento y buen corazón y la otra
al servicio del bienestar de sus habitantes, su antecesor se esforzaba
en macarrónico inglés por hacer comprensible un discurso
denastrado y violento que ni aun pronunciado por el propio Shakespeare
habría sido inteligible: los atentados de Madrid no tuvieron
nada que ver con la participación militar española
en la invasión de Irak, y sí con la tirria que los
moros nos tienen desde la Reconquista. Huelga, desde luego, todo
comentario respecto a la abisal ignorancia y/o también profunda
mala intención de la visión histórica, ceguera
más bien, de Aznar, pero es difícil no reparar en
algo que revela la magnitud de la devastación de la que es
capaz el ex presidente: su propósito de destruir lo único
potable del legado franquista en la política exterior, esto
es, la famosa amistad con el mundo árabe. Devastador y sorprendente
en un político que ha hecho todo lo posible por recuperar
tantas otras cosas de dicho legado, tan infame en su conjunto por
lo demás.
Como ha hecho siempre con los que no comulgan con él, Aznar
regó en Georgetown la españolidad a los españoles
de Al-Andalus, a aquella isla de cultura, convivencia y prosperidad
en la oscura Edad Media de Europa. Los moros los llama. Moros, rojos...
Si le dejaran, se quedaría con España para él
solo, este señor.
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